Xipe–Tótec Nuestro Señor Desollado

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Xipe–Tótec nuestro señor desollado.

Deidad tlapaneca. Su origen se remonta a lejanos siglos prehispánicos, de cuya tradición dan cuenta los primeros  cronistas españoles, así como antiguos documentos pictográficos relativos a la cultura de este pueblo, entre ellos el Códice Azoyú I, que ha sido transcrito al castellano en décadas recientes. El nombre del dios se compone de dos vocablos  nahuas, y quiere decir “nuestro señor el desollado”. Xipe deriva del verbo xipehuah, que significa desollar, quitar la piel; Tótec es un término reverencial y se traduce como “nuestro señor”.

Xipe–Tótec: nuestro señor desollado.
Xipe–Tótec: nuestro señor desollado.

Los tlapanecos –considerada la etnia guerrerense por excelencia– eran de religión politeísta, igual que los aztecas y demás pueblos mesoamericanos. Además de Xipe–Tótec, principal divinidad, su panteón incluía a Tláloc–Jaguar (“dios jaguar de la lluvia”) y otras de cultos secundarios.

En la tradición de la cultura tlapaneca precolombina, la representación de la ceremonia del sacrificio humano está unida a su pensamiento  religioso, plasmado en sus gobernantes investidos con las funciones de sus dioses, a cuyos nombres respondían: Xipe, Tláloc, Jaguar o Ehécatl.

A Xipe se le honraba con impresionantes sacrificios. Igual que Tezcatlipoca (divinidad azteca), el tlapaneco es un dios terrible y a la vez benéfico, puesto que era la encarnación misma de la vegetación y de las riquezas de la tierra, de ahí que fuera también dios de los joyeros. Su fiesta se denominaba tlacaxipehuaztli, “el desollamiento de hombres”, y tenía verificativo el 21 de marzo, segundo mes de su cuenta calendárica (tonalámatl).

Cuarenta días antes de la festividad vestían a un individuo de cada barrio conforme al dios. En la fecha de la celebración los desollaban y guardaban los cuerpos por 40 días, al cabo de los cuales los enterraban  en una bóveda o subterráneo que había al pie de las gradas del templo dedicado a Xipe–Tótec. En la creencia indígena, era el dios de la primavera, el que renueva la vegetación, simbolizada por la piel desollada, toda vez que se comparaba con la fruta o la cáscara que cae para dejar lugar a la planta nueva.

Teniendo como centro de adoración (y acaso su origen) La Montaña tlapaneca, la difusión  del culto a Xipe abarcó una amplia área de Mesoamérica, pues desde muchos siglos se conoció  en las altiplanicies centrales y el sur y sureste del actual territorio mexicano. En Guerrero, además de los indígenas tlapanecos, era reverenciado en la Costa Chica por el pueblo yopi, que a decir del cronista fray Bernardino de Sahagún, su nombre es una palabra náhuatl equivalente a Xipe, y, por tanto, con el mismo significado que éste (yopi, “los que arrancan el cuero”).

Xipe–Tótec adquirió tal importancia dentro de las culturas prehispánicas, que fue adoptado por los mexicas para colocarlo entre las más altas divinidades del Templo Mayor de México–Tenochtitlán, donde un edificio sagrado, el Yopico (“lugar de yopi o xipe”), estaba dedicado a su adoratorio anual, en cuyos festines se despellejaba a un par de jóvenes capturados en las guerras de conquista.