De ires y venires. Procesos migratorios en Guerrero

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Ubicado en un amplio territorio que se extiende al sur y suroeste de la ciudad de México, el actual estado de Guerrero es una de las cuatro entidades federativas del país que deben su nombre a alguno de los héroes de la Independencia; Hidalgo, Morelos y Quintana Roo son las otras tres.

Vicente Guerrero fue uno de los pocos insurgentes que sobrevivieron a las derrotas de la etapa radical del movimiento que acabaron con la vida de muchos de los iniciadores de la lucha independentista.

Él se mantuvo en armas desde el inicio de la guerra y hasta 1821, cuando, ya como jefe del último reducto del ejército insurgente, pertrechado en las montañas del sur de México, decidió pactar la paz con Iturbide, suscribir el Plan de Iguala, dejarle la jefatura del Ejército Trigarante y consumar la independencia política de México, que apenas se gestaba como nación.

Estos inmensos espacios, que van desde la cuenca del río Balsas, en Tierra Caliente, la Sierra Madre del Sur, la Montaña y las costas Chica y Grande, frente al océano Pacífico, estuvieron habitados hasta el siglo xvi por los pueblos coixcas, tributarios de la Triple Alianza, quienes hablaban una variante del náhuatl, así como el pueblo yope, conformado por tlapanecas que resistieron la dominación mexica hasta la conquista española.

El Gobierno del Estado de Guerrero, a través de la Secretaría de los Migrantes y Asuntos Internacionales (semai), se enorgullece en presentar el sexto número de la revista Rutas de Campo, titulado “De ires y venires. Procesos migratorios en Guerrero”, una publicación que por primera vez coeditan la Coordinación Nacional de Antropología del inah y la semai.

La iniciativa es loable por inédita. Se trata de un número especial dedicado íntegramente a interpretar tanto el origen y la dinámica del éxodo de guerrerenses como a explorar las aristas del fenómeno migratorio, el cual se ha documentado muy escasamente habida cuenta de la fuerte tradición de desplazamiento de los nacidos en Guerrero desde hace al menos 40 años.

La presencia de guerrerenses y sus sucedáneos fuera de la entidad es insospechada. Diseminados en 16 entidades federativas de México como trabajadores del campo o empleados de servicios de hostelería, y en al menos 20 estados de Estados Unidos, los surianos tienen una gran capacidad de adaptación a entornos sociales y climáticos adversos, así como a economías y sociedades muy demandantes.

La creación de la semai, en octubre de 2011, mediante decreto del titular del poder ejecutivo del estado, constituyó un primer paso en la atención a un sector social del que se habla mucho pero al que se le reconoce poco.

Cifras conservadoras refieren la existencia de unos 20 mil jornaleros agrícolas migrantes mixtecos, tlapanecos, nahuas y amuzgos que en periodos de entre seis y ocho meses cierran sus casas, abordan autobuses bajo las órdenes de enganchadores y comienzan un periplo que los lleva en trayectos de hasta 20 horas de camino a los estados del noroeste del país. Su estancia allá por lo general no es placentera. Antes al contrario, sus carencias de alimentación en sus lugares de origen se ven agravadas por condiciones infrahumanas y de explotación en los campos agrícolas.

Con mucha fortuna, una reciente revuelta, ocurrida el 17 de marzo de este año, ha cambiado la forma de mirar y entender la penosa circunstancia de los jornaleros y sus familias. Asumo que esta protesta, originada en San Quintín, localidad próxima a Ensenada, Baja California, y sus consecuencias futuras en el respeto a las condiciones laborales provocará que sea abordada por parte de antropólogos y otros estudiosos. La migración jornalera guerrerense tiende a dejar

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